Operativo Cóndor

“Secuestran un avión en vuelo y ocupan las islas Malvinas”, fue el título principal de la quinta edición de la tarde del diario Crónica del 28 de septiembre de 1966. Más abajo se podía leer: “...un puñado de jóvenes argentinos, tras una audaz operación de comando cumplida a bordo de un DC-4 de Aerolíneas Argentinas en viaje a Río Gallegos, hicieron desviar la máquina hacia Puerto Stanley, ocuparon la isla, emitieron un comunicado y dieron a conocer una proclama.” Era el resultado de la Operación Cóndor, que había comenzado aquella mañana en un avión que sobrevolaba el sur de la Patagonia y que continuaba aún en las islas Malvinas.
En la madrugada del 28 de septiembre de 1966, dieciocho jóvenes peronistas de entre 18 y 32 años abordaron el vuelo 648 de Aerolíneas Argentinas, dispuestos a tomar el control del avión y llevarlo a las islas Malvinas. Era un acto de reivindicación de la soberanía argentina sobre el archipiélago, en poder de Gran Bretaña desde principios de 1833, aunque también buscaba generar contradicciones en el gobierno de facto de Juan Carlos Onganía, que había despojado del poder hacía exactamente tres meses al presidente radical Arturo Umberto Illia. El avión despegó del Aeroparque Jorge Newbery a las 0.34, con destino a Río Gallegos, Santa Cruz.
El líder del grupo era el periodista Dardo Cabo, alias “Lito”, de 25 años, hijo del viejo militante metalúrgico de la resistencia peronista, Armando Cabo. Como muchos de los miembros del comando, había sido parte de la agrupación revolucionaria peronista Tacuara, que mezclaba nacionalismo, antisemitismo, simpatía por el fascismo y revisionismo histórico. Su segundo era Alejandro Giovenco Romero, apodado “Chicato”, un estudiante de 21 años. La tercera en la línea de mando era la escritora y periodista María Cristina Verrier, de 27 años, la única mujer del grupo y pareja de Cabo. Su padre había sido juez de la Corte Suprema de Justicia y funcionario de la administración de Arturo Frondizi y un tío suyo ministro durante el gobierno militar de Pedro Eugenio Aramburu.
Alrededor de las 6 de la mañana, utilizando las armas que habían introducido clandestinamente en el equipaje, los dieciocho cóndores, como se hicieron llamar los jóvenes peronistas, tomaron el control del vuelo. En ese entonces, el avión sobrevolaba Puerto Deseado, Santa Cruz. Cabo, Giovenco Romero y Andrés Castillo fueron hasta la cabina y le ordenaron al comandante Ernesto Fernández García tomar el rumbo 1-0-5, hacia las islas Malvinas. El piloto se negó alegando falta de combustible y desconocimiento de la zona, pero tuvo que aceptar cuando le colocaron un arma de fuego en su cabeza.
Además de la tripulación y los cóndores, treinta y cinco personas viajaban en el avión. Entre ellos estaba el gobernador de facto del por entonces Territorio Nacional de Tierra del Fuego, almirante José María Guzmán, quien trató de resistirse, y el periodista Héctor Ricardo García, propietario del diario Crónica, la revista Así y Radio Colonia, invitado especialmente por los jóvenes. Se les informó a todos que la nave iba a torcer su rumbo hacia Comodoro Rivadavia, Chubut, para no preocuparlos.
El piloto pudo inducir la ubicación de las islas debido a una deformación en el manto de nubes que obstaculizaba la visión. Luego dieron algunas vueltas de reconocimiento y, a las 8.42, el avión Douglas DC-4 aterrizó en la pista de carreras del hipódromo de Puerto Stanley. Dado que el día anterior había llovido, la pista de 800 metros estaba embarrada y la nave se enterró en ella.
Luego del aterrizaje, el grupo de jóvenes descendió de la aeronave empuñando sus armas, al grito de “las Malvinas son argentinas, ¡viva la patria!”. Castillo, uno de los futuros fundadores de la Juventud Trabajadora Peronista (JTP), había sido el ultimo en sumarse al grupo la tarde anterior y fue el primero en pisar las islas. Sin embargo, no eran los primeros argentinos en volar sobre Puerto Stanley, descender y desplegar una bandera argentina. Dos años antes, el 8 de septiembre de 1964, el piloto Miguel Fitzgerald lo había hecho tripulando un Cessna: aterrizó en la misma pista de carreras, colgó una bandera argentina en un alambrado, entregó una proclama para el gobernador, se subió al avión y, quince minutos después de haber llegado, regresó a Río Gallegos.
Los cóndores habían llevado siete banderas argentinas. Cinco fueron colgadas en los enrejados que rodeaban la pista de carreras, una en el avión y otra en un mástil cercano. Además, rebautizaron el lugar con el nombre de Aeropuerto Antonio Rivero, en honor al gaucho entrerriano que a finales de 1833 había resistido junto a siete compañeros, dos de ellos gauchos y cinco charrúas, la ocupación que la corona británica había impuesto seis meses atrás. El alzamiento fue rápidamente sofocado luego de que Gran Bretaña enviara una expedición.
El objetivo inicial del Operativo Cóndor era ocupar la casa del gobernador británico, sir Cosmo Dugal Patrick Thomas Haskard, quien no se encontraba en Malvinas, tomar el arsenal de la isla y divulgar una proclama radial que sería escuchada en Argentina. Como el avión de Aerolíneas Argentinas había quedado varado en el barro de la pista, estaban lejos de la casa de sir Cosmo Haskard y del arsenal y comenzaban a ser rodeados, tuvieron que cambiar los planes.
Después de colgar las banderas, Cabo firmó el siguiente comunicado, que fue transmitido por la radio del avión: “Operación Cóndor cumplida. Pasajeros, tripulantes y equipo sin novedad. Posición Puerto Rivero, Islas Malvinas, autoridades inglesas nos consideran detenidas. Jefe de Policía e Infantería tomados como rehenes por nosotros hasta tanto gobernador inglés anule detención y reconozca que estamos en territorio argentino”. A las 9.57, el radioaficionado Anthony Ardí divulgó la noticia, que se escuchó en Trelew, Río Gallegos y Punta Arenas, Chile, y desde esos puntos se reprodujo al resto del país.
Más de cien kelpers, como llaman los ingleses a los malvinenses, comenzaron a acercarse a la zona y el avión empezó a ser rodeado por varios jeeps. Ese día, las islas Malvinas contaban con apenas un jefe de policía, un inspector, un sargento y cuatro agentes que bastaban para mantener el orden entre las mil setenta y cuatro personas que vivían en ellas, cuatro argentinas. Además, veinte militares constituían la fuerza armada de Gran Bretaña, que se complementaba con la Fuerza de Defensores Voluntarios, una milicia de reservistas entrenada una o dos veces al año por un grupo de ingleses que habían combatido en la Segunda Guerra Mundial.
Entre los soldados, policías y milicianos armados que se ubicaron alrededor de la pista, se distribuyó una proclama en inglés que decía que los jóvenes no eran agresores sino argentinos que consideraban estar en su propio territorio. "Les informamos que nos quedamos a vivir en tierra Argentina e invitamos al gobernador a plegarse bajo nuestra bandera", decía el mensaje.
El sacerdote cristiano de la isla, Rodolfo Roel, intermedió para que los pasajeros del avión se alojaran en las casas de los kelpers, mientras los jóvenes esperaban en el avión. Alrededor de las 17, por expreso pedido de los cóndores, el padre Roel ofició una misa en el interior de la nave. Luego entonaron el Himno Nacional Argentino y, a las 18, divulgaron otro comunicado que decía: “Informa Operación Cóndor: después de escuchar misa en castellano dentro del avión, fueron liberados los rehenes ingleses”. A esa hora comenzó a llover intensamente sobre la isla.
Siete camionetas rodeaban la parte trasera del avión, varios automóviles el frente y un centenar de isleños armados observaban desde el enrejado lo que sucedía. Además, el ejército había colocado tres carpas de campaña con refuerzos militares en un cerro cercano y varios reflectores habían sido ubicados alrededor de la nave para poder mirar el movimiento de los jóvenes en la oscuridad de la noche. Los dieciocho integrantes del comando se encerraron en el avión para planear cómo seguir la operación.
En la madrugada del 29 de septiembre, a las 4.30, el vicegobernador Albert Clifton emitió un comunicado en el que exigía la rendición del grupo y advertía que los soldados y policías tenían orden de disparar. La respuesta de los cóndores fue negativa. Recién a las 15 hubo otra gestión, está vez a cargo del padre Roel. Les pidió que desistiesen de su acción, a lo que los jóvenes volvieron a negarse, aunque poco después llegaron a un acuerdo: entregarían sus armas al comandante Fernández García, única autoridad que reconocían en la isla, y serían acogidos por la Iglesia Católica, quedando bajo la custodia del padre que había hecho de mediador.
A las 17, los cóndores, el padre Roel y el comandante Fernández García descendieron del avión y se posaron frente al mástil en que habían colgado una bandera argentina. La arriaron y entonaron el himno argentino ante la atónita mirada de los kelpers. Media hora después, los jóvenes entregaron sus armas. La falta de agua, la escasez de alimentos y el cansancio los habían vencido.
Ese mismo día, en Buenos Aires, ante la exaltación popular por las noticias que llegaban desde el sur, el gobierno emitió un comunicado diciendo que “la recuperación de las Islas Malvinas no puede ser una excusa para facciosos”. Sin embargo, varias manifestaciones se sucedieron en ciudades como Buenos Aires, La Plata y Córdoba.
Los dieciocho jóvenes fueron detenidos en una parroquia católica, fuertemente custodiados. Aún dudaban si serían juzgados en su país o en Inglaterra. Finalmente, el 1 de octubre al mediodía, fueron embarcados junto a la tripulación y los pasajeros, en una lancha carbonera inglesa, hasta el barco de la Armada Argentina, Bahía Buen Suceso, que los trasladaría al sur del territorio argentino. En ese momento, Dardo Cabo le entregó una bolsa al gobernador Guzmán con las siete banderas argentinas que habían llevado.
El viaje de regreso comenzó a las 19.30. Llegaron al puerto de Usuhaia, capital de Tierra del Fuego, a las 3 de la mañana del domingo 2. Los cóndores fueron detenidos en las jefaturas de la Policía Federal de Usuhaia y Río Grande.
El 22 de noviembre de 1966, el Juez Federal de Tierra del Fuego, Miguel Ángel Lima, procesó a todo el grupo por los delitos de "privación de la libertad personal calificada" y "tenencia de armas de guerra". Ante el interrogatorio del juez, se limitaron a decir: “Fui a Malvinas a reafirmar nuestra soberanía”. Finalmente, el 26 de junio de 1967, quince de ellos fueron dejados en libertad, mientras que Cabo, Giovenco Romero y Juan Carlos Rodríguez permanecieron tres años en prisión debido a sus antecedentes.

4 comentarios:

Matías Benítez dijo...

¿Qué hacía el gobierno argentino esos dos o tres días durante los cuales los "cóndores" estaban en las Malvinas? ¿Le prestó algún interés en particular? ¿Hizo la vista gorda?

JP dijo...

El 29 de aeptiembre el gobierno emitió un comunicado diciendo que “la recuperación de las Islas Malvinas no puede ser una excusa para facciosos”.

JP dijo...

El 29 de aeptiembre el gobierno emitió un comunicado diciendo que “la recuperación de las Islas Malvinas no puede ser una excusa para facciosos”.

Anónimo dijo...

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